13 de marzo de 2016

Relato serial: Sufrimiento silencioso


   «¿Por qué acepté?», se preguntó Ava mientras luchaba por levantarse de la cama, desoyendo cómo el despertador se paseaba por la mesilla de noche gritando su incansable «beep-beep». Cuando sus ojos comenzaron a rendirse a la pereza, el despertador cayó al suelo con un estruendoso golpe, terminando de despertarla.
   Ava se incorporó y bostezó ostentosamente antes de dirigirse al cuarto de baño. Abrió el armarito que había sobre el retrete y contempló los botes con pastillas de colores. Sonrió al recordar que aquella opción propia de viejas glorias del pop había sido su primera elección, pero había concluido que le faltaba «glamour» para ello. También había barajado abrirse las venas, e incluso había buscado la mejor forma de hacerlo, pero no soportaba ni la sangre ni el dolor. En ese momento fue cuando pensó que saltar al vacío sería la opción más simple y rápida, sin embargo había comprobado que tampoco se le daba bien.

   Cogió las vendas y el agua oxigenada, cerró el armarito y apoyó el pie en la tapa del retrete. Se deshizo del par de vendas que Kiera le había puesto en los arañazos que se había hecho cuando esta la «salvó». En realidad, no era para tanto, pero ella había insistido en que lo hiciera al menos durante un par de días. Cuando terminó dejó por ahí encima el rollo de vendas y el agua oxigenada, y tiró las vendas usadas a la papelera que quedaba junto al retrete. Después abrió el grifo de la ducha y regresó al lavabo donde se lavó primero las manos y después la cara, sonriendo al final, pero nunca a su reflejo. Volvió a la ducha y cerró el grifo.
   Su siguiente parada fue la cocina. Era amplia y quedaba abierta al pequeño salón, una gran encimera, en la que se ubicaba la vitrocerámica, hacía de separador entre ambas secciones del apartamento. Allí abrió un armario al que llegaba por poco, y sacó dos tazas: una roja y otra verde. Echó un poco de agua del grifo a ambas y metió la verde al microondas. Mientras tanto sacó dos rebanas de pan del armario contiguo y las metió en la tostadora. Cuando el microondas gritó, metió la taza roja y recogió las tostadas que acababan de saltar. En lo que esta segunda taza se calentaba, terminó de preparar el café de sobre en la verde. Después hizo lo mismo con la roja, sólo que a esta le añadió una pizca de leche. Emplató las tostadas por separado y se las llevó a la encimera. Puso cada taza delante de una silla y su correspondiente tostada junto a esta. Ava sonrió y puso su tostada sobre la otra. Metió los dedos en el hueco del asa de su taza y suspiró antes del primer trago. Cuando bajó la mano de nuevo, miró de reojo el sitio vacío y tomó otro sorbo.
   Cuando terminó su café, cogió ambas tazas y, vertiendo primero el contenido de la roja, las dejó en el fregadero. A continuación, dejó junto a estas los platos y tiró las tostadas a la basura. Su siguiente parada fue el dormitorio, de nuevo. Apartó con cuidado la enorme almohada, que ocupada la mitad izquierda de la cama de matrimonio, hasta dejarla «sentada» en la silla que aguardaba junto a esta. Después apartó la otra almohada, que sí se encontraba en una posición normal, lanzándola al fondo de la habitación. Cuando terminó de colocar la ropa de cama, cogió la almohada que había lanzado y la puso en su sitio. Sin embargo, la otra se la llevó al salón y la «sentó» en el sofá. Terminó su rutina vistiéndose con lo primero que pilló del armario, a saber, unos vaqueros casi más viejos que ella y una camiseta de un tono verde feísimo difícil de describir que, además, le quedaba bastante grande, pero como era demasiado fina para el tiempo que hacía, se abrigó un poco más con un jersey blanco de lana. Se calzó las deportivas y miró durante unos instantes la exagerada cantidad de camisas del trabajo que había colgadas, unas más grandes que otras, y después cerró la puerta corredera del armario empotrado. Se dirigió hacia la puerta de la calle, donde cogió las llaves de un cuenco de madera que había sobre el mueble con cajones de su derecha, y antes de salir se volvió para mirar a la almohada, que descansaba tranquilamente con la «espalda» apoyada en el respaldo. Parecía cómoda en esa posición.
   Ya en el rellano caminó hasta el ascensor y pulsó el botón de llamada. Ava detestaba el estúpido hilo musical sacado de película de serie B que el dueño del edificio le tenía puesto, pero también era la razón por la que varios de los vecinos preferían usar las escaleras.
   —Buenos días, Ava —saludó el portero al verla cruzar el portal.
   Aquel hombre, ya bastante mayor, siempre la saluda, aunque ella nunca había cruzado una palabra con él, pero Lily sí. Ella era agradable con todo el mundo, sin excepción.
   Ava tenía dos opciones: o bien coger el coche y ahorrar tiempo o bien ir andando y hacer esperar a la policía. Sonrió y echó a andar en dirección opuesta a donde el coche estaba aparcado.

   Había tardado algo más de una hora en llegar hasta el lugar que Kiera le había indicado, lo que hacía que llegase bastante más de media hora tarde. Allí estaba, esperándola frente al local en cuestión. Era una cafetería en cuyos ventanales había decenas de libros como si del escaparate de una librería se tratase. Ava no pudo evitar preguntarse cómo no había conocido aquel lugar antes. Esperó a que el semáforo se pusiera verde para cruzar.
   —Hola —saludó Kiera al verla venir hacia ella.
   Ava se limitó a un simple gesto con la mano.
   —¿Entramos?
   —Sí —respondió Ava.
   Kiera escogió una mesa apartada. El interior, como ya se presagiaba desde fuera, parecía una amalgama curiosa entre una cafetería y una librería.
   —¿Qué tienes planeado para «demostrarme que bla bla bla»? —preguntó con tono burlón, haciendo un gesto con la mano.
   —Siéndote sincera, era una excusa para que vinieras —confesó riéndose.
   —Una agente de la ley no debería de ir por ahí engañando a personas que han intentado suicidarse. ¿Te ha funcionado alguna vez? —Se giró a la camarera cuando esta se acercó a tomarles nota—. Té verde.
   —¿Si me ha funcionado? —Entonces rompió a reír—. No, no estaba yendo por ahí. Quería que nos viéramos porque quería conocerte y quizá entender por qué lo intentaste anoche.
   —Es muy simple: quería dejar de vivir y eso intenté —contestó Ava y añadió antes de que Kiera pudiera responder—: y, de hecho, lo habría conseguido de no ser por ti.
   —Nunca es tan simple —comenzó a decir. Su voz se había ensombrecido—. Siempre hay algo más. No te levantas un día y decides saltar desde la azotea de un edificio.
   —¿Qué sabrás tú? —espetó Ava.
   —Hace dos años mi hermano se suicidó exactamente como tú lo has intentado. No hubo nadie que pudiera evitarlo…
   —¿Y eso te da permiso para inmiscuirte en mi vida? —respondió alzando la voz, haciendo que algunos clientes se girasen.
   —Ava… No, aunque no lo hubiera vivido, tampoco te hubiera dejado saltar. Yo estaba allí porque los vecinos habían llamado a la comisaría al verte allí subida, nada más. Mi deber era evitar que lo hicieras. —Dejó unos minutos para ver si Ava respondía, pero al no ser así, continuó—: ¿Por qué saltaste?
   —Porque no quiero seguir viviendo… no sin ella.
   —¿Ella? —preguntó Kiera viendo que al fin conseguía avanzar.
   —Lily, ella era… es mi novia —contestó con la voz débil.
   —¿Qué le pasó? —preguntó con dulzura, sabiendo que no era un tema del que quisiera hablar.
   Ava se levantó de la mesa y salió corriendo de la cafetería sin decir nada más.

   Kiera la estuvo buscando por la zona hasta que la encontró en un pequeño parque que había no muy lejos del local del que había huido. Estaba sentada en uno de los bancos, con la cara enterrada en los brazos cruzados sobre las rodillas. Sus cabellos rubios, que caían sobre sus hombros y rostro, hacían de barrera y la aislaban del mundo. Kiera se acercó a ella despacio.
   —Ava, lo siento…
   —Ella murió —dijo de pronto, interrumpiéndola, pero sin levantar la cabeza del refugio que había creado—. Yo la maté —añadió antes de volver a romper a llorar.
   Aquellas tres palabras la dejaron helada.
   —Yo conducía cuando ocurrió. Fue culpa mía —dijo entre sollozos.
   Kiera se sentó lentamente junto a ella.
   —¿Por qué dices eso? —preguntó con temor de que volviera a salir corriendo.
   Ava se mantuvo en silencio durante un rato en el que sólo se pudieron oír sus sollozos.
   —Porque es cierto. —Se sorbió la nariz y lanzó un suspiro entrecortado—. Volvíamos de un viaje. Habíamos pasado unos días en la sierra viendo nevar todas las mañanas desde la ventana de nuestro dormitorio y… —Rompió a llorar, y Kiera la dejó. ¿Debía intentar abrazarla o era mejor dejarla?—. Y… y… —comenzó a decir—, y cuando regresamos era de noche y había algo de niebla, pero era normal, había sido todo el viaje así. —Volvió a sollozar—. Llevábamos todo el viaje escuchando un CD de un grupo de rock horrible que encontramos en el apartamento de la sierra. —Entonces enterró aún más su rostro en su refugio de lana—. Cuando vi el camión ya era tarde, no pude esquivarlo, si sólo hubiera estado un poco más atenta… —Volvió a romper a llorar, pero esta vez no parecía que fuese a parar.
   Kiera se acercó un poco más y la rodeó con su brazo derecho.
   —Suéltame —dijo Ava, con la voz rota por el llanto.
   Ella la soltó.
   —El camión venía en dirección contraria a la nuestra por su carril, todo era tan normal… —Sollozó de nuevo—. Después comenzó a echarse sobre nosotras y yo intenté frenar, pero ya era tarde y nos arrolló hasta sacarnos de la carretera. —Ava apretó sus manos pálidas en torno a sus brazos—. Creo que me golpeé la cabeza, porque lo siguiente que recuerdo es despertar en una habitación de hospital con uno de esos pijamas horribles con lunares verdes.
   —No fue culpa tuya.
   Ava hizo caso omiso y continuó hablando.
   —Pregunté por Lily y me dijeron que estaba en quirófano, pero que todo saldría bien… Aquello me tranquilizó y pude dormir un par de horas y así despertar cuando ella saliera…  —Mientras hablaba, las lágrimas caían en lenta procesión desde sus ojos verdes—. Cuando desperté volví a preguntar y… —Se detuvo y suspiró—. El médico me miró con un gesto muy serio y me dijo que había habido complicaciones. Entonces yo pregunté que si ella se pondría bien y… el resto es historia.
   —Lo siento.
   —Me voy a casa —dijo Ava, poniéndose de pie, y añadió—: Ya tienes lo que querías, ahora déjame en paz.
   Kiera contempló aquellos ojos verdes y vidriosos que la miraban con un desdén casi tangible. Antes de que Ava se fuera, le dio un papel arrugado en el que había escrito un número de teléfono.
   —Cógelo y piensa sobre ello, si luego prefieres tirarlo a la basura, hazlo.
   Ava no añadió nada más antes de desaparecer tras una esquina.
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Víctor de Amo: Cuervo Fúnebre en las redes. Lector voraz de fantasía y ciencia ficción que pretende escribir más de lo que una vida mortal le va a permitir. Adoro las culturas antiguas y las ciencias en general. Twitter

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