23 de febrero de 2016

Relato: Un día como otro cualquiera

     El despertador comenzó a gritar como loco para que despertase. Ya eran las seis de la mañana de un lunes de resaca. O un lunes de mierda, tanto daba. Presionó el botón de la de la parte superior del maldito cacharro y este atravesó el mueble hasta golpear contra el suelo con un crujido. Aquello despertó completamente a Marcelo. «Oh Dios, creo que he bebido demasiado, la cabeza me da vueltas» pensó mientras se sentaba en el borde de la cama y contemplaba la mesilla de noche destrozada. Tardó varios minutos en darse cuenta de que estaba partida en dos. Se levantó de un saltó y contempló horrorizado aquel «mueblicidio involuntario».
   —¿He sido yo? —dijo en voz alta a pesar de estar completamente solo.

   Examinó lo que quedaba del mueble y comprobó, como ya se temía, que el pobre despertador se encontraba destripado y sus vísceras metálicas estaban desperdigadas entre calzoncillos con corazones y tangas de leopardo. Marcelo dejó el cadáver despedazado en su tumba astillada, y se encaminó al baño. Allí, en un espejo de cuerpo entero, le recibió un hombre joven vestido a medio camino entre un tigre y un payaso, como si fuera el fruto de una orgía que se fue de madre. «Si me viera mi abuela…» pensó al verse de esa guisa. La pobre Eustaquia se quedaría en el sitio ante aquel espanto. Ya se lo avisó cuando dejó el pueblo: «La ciudad está llena de pecadores y comunistas que te llevarán por la mala vida».
   Se acercó al lavabo y giró la llave del grifo, quedándose con este en la mano. Del agujero que había dejado comenzó a salir un chorro de agua que no parecía por la labor de detenerse ante nada. Completamente mojado cerró la llave de paso, terminando así con la hemorragia incolora del lavabo. De vuelta en el espejo se encontró con un payaso triste que tenía todo el maquillaje corrido, o al menos el poco que no había quedado en la almohada. No pudo evitar sonreír al acordarse del payaso de la película que vio hacia dos noches.
   —Doctor, yo soy Pagliacci —citó el final del chiste interpretando el papel frente al espejo.
   Cuando terminó de reírse de aquella bobada, abrió de nuevo la llave de paso y se dirigió a la ducha, donde, con mucho cuidado, abrió el grifo y metió la cabeza debajo del chorro de agua helada. Seguía siendo Marcelo «el trigreyaso», pero al menos ya no parecía Pagliacci, sólo un loco.
   Ya en la cocina abrió el armario, que se encontraba sobre el fregadero, con la intención de coger una taza, pero se quedó con la puerta de este en la mano. Aquello ya estaba empezando a mosquearle. Sobre todo, porque la factura no hacía más que subir cada vez que destrozaba algo. «¿Qué narices tomé anoche?» trató de recordar.  «Es más, ¿por qué llevó medio disfraz de tigre?». Se quitó la parte inferior del disfraz, que era la que no le cuadraba, y se encontró que debajo llevaba unas medias de encaje. «Esto no mejora». Ahora se encontraba con tres problemas: la factura, lo ocurrido la noche anterior y esa fuerza descomunal de la que estaba haciendo gala por toda su casa.
   «Ojalá tuviese un Alfred que me arreglase este estropicio», pensó mientras suspiraba sobre su taza de café de sobre.
___________________________________________________________________________ 
Cuervo Fúnebre: Lector voraz de fantasía y ciencia ficción que pretende escribir más de lo que una vida mortal le va a permitir. Adoro las culturas antiguas y las ciencias en general. Twitter

No hay comentarios:

Publicar un comentario