31 de enero de 2016

Relato: El bosque de los susurros

   La oscuridad de la noche anegaba cruel el bosque mientras que la luna llena jugaba a ser un faro en un océano negro. Las ramas, convertidas en garras, desgarraban la ropa de la joven que corría, como alma que lleva el diablo, buscando desesperadamente una salida. La escasa luz que se filtraba a través de las copas de los árboles no fue suficiente para que pudiese evitar tropezar con una raíz mal intencionada que la hizo caer de bruces contra el barro formado tras una día de lluvia. Sin perder más tiempo, se arrastró como pudo hasta esconderse tras uno de los miles de árboles que la vigilaban. Su corazón latía desbocado. No sabía cuánto tiempo llevaba huyendo de aquella... cosa. Algo dentro de ella, como si de la voz de la razón se tratase, le decía que su perseguidor fue una vez como ella: un ser asustado en un mundo aterrador, pero mientras ella había optado por agachar la cabeza y huir, la criatura desataba su furia con quien se cruzase en su camino.

   Se oyeron pisadas lejanas y donde ella esperaba un aullido o alguna clase de terrorífico sonido animal, lo único que escuchó fue un sonido metálico, que le recordó al ruido que hacen las llaves al entrar en la cerradura. Aquel esperpento la aterrorizó de una forma que ella no entendía, pero que por alguna razón que escapaba a su entendimiento, le resultaba un temor familiar. Contó hasta diez en voz baja, en un intento de romper el miedo que la atenazaba, y echó a correr en una dirección distinta.
Sus pies descalzos le dolían hasta lo indecible y el pecho le ardía, no podía seguir corriendo. Se detuvo y miró atrás esperando verla, pero no estaba allí, así que aprovechó para recuperar el aliento. Cada vez que dejaba de ver a su acosador se sentía aliviada, aunque no por ello dejaba de sentir miedo o bajaba la guardia pues sabía que volvería a por ella.
   Después de retomar por enésima vez la huida, no tardó en encontrar lo que parecía ser una maltrecha cabaña de madera. Tenía un porche en el cual había una mecedora y sobre esta una muñeca. La joven se acercó a ella y la cogió, representaba a una mujer rubia, de ojos claros que lucía una figura imposible de conseguir. La muñeca habló: «No puedes ser como yo, pero debes intentarlo si quieres ser valiosa» le espetó. La joven la soltó y esta cayó inerte al suelo. Aquello le produjo una angustia que se convirtió en un nudo en su garganta, un sentimiento conocido. ¿Por qué todo le era tan familiar?
   El interior de la cabaña estaba oscuro, pero no tardó en encontrar una linterna con la que avanzar con cierta seguridad por su interior. Lo primero que encontró fue el salón, era amplio y estaba desordenado. Tenía hojas tiradas por todas partes y despedía un fuerte olor a alcohol. Se agachó y recogió una de las hojas para ver de qué se trataba, pero antes de que pudiese llegar a leerla, oyó una voz de hombre que provenía de ninguna parte y de todas a la vez: «¿A esto te dedicas mientras yo me mato a trabajar? Eres una…» entonces la voz se apagó antes de terminar la frase. Caminó un poco más hacia el centro de la sala y encontró un cuchillo manchado de sangre entre un montón de hojas rotas y arrugadas. Cuando lo cogió oyó de nuevo aquella voz: «Eres una puta desagradecida», cuando la voz volvió a apagarse, sintió un golpe en la mejilla izquierda que no sabía de dónde provenía. Entonces reparó en que había un rastro de sangre que salía del salón y, como si fuera un investigador en la escena del crimen, lo siguió armada con el cuchillo hasta una habitación del piso superior. Abrió cuidadosamente la puerta esperando encontrar a alguien al otro lado, quizás a la víctima, pero sólo era un dormitorio vacío. Algo, la joven no sabría decir qué, la hizo girarse y examinar la puerta. Las bisagras aguantaron, no así el cerrojo, que había saltado. «Ábreme desgraciada, te vas a arrepentir de haberme hecho esto» amenazó la voz masculina. La joven entró y comenzó a escuchar un llanto que sabía que provenía de una mujer, pero sólo estaba ella allí.
   Se oyó el sonido lejano de unos golpes contra una puerta. Su acosador estaba más cerca de lo que ella había pensado y no tenía dónde huir. Las pisadas de la criatura comenzaron a oírse en la entrada, pero sonaban como pasos de unos zapatos de vestir que se acercaban lentamente a ella. La joven trató de bloquear la puerta con la mesilla de noche. Ella retrocedió hasta la pared opuesta donde había una ventana rota desde dentro. Pegó el cuchillo a su cuerpo y espero a que la criatura hiciera su entrada. La mesilla, que pretendía ser su barricada, cedió rápidamente ante una fuerza fuera de lo normal, y del otro lado de la puerta emergió una figura masculina completamente negra que comenzó a avanzar lentamente hacia ella con un puñal en la mano. «No quería hacerte daño, ¿cómo podría? Yo te quiero. Perdona lo que he dicho antes, he bebido un poco con los amigos y… ». Se interrumpió al ver cómo ella se encaramaba a la ventana rota y amenazaba con saltar, aunque ella no quería saltar, no vio otra solución para salir con vida de allí. Y saltó…

   Cuando abrió los ojos de nuevo se encontró mirando un techo blanco. El cuerpo le dolía y apenas podía moverlo. Giró levemente la cabeza y vio a un hombre mayor dormido en una incómoda silla de hospital. Su padre tenía barba de días, cuando ella siempre lo recordaba luciendo un afeitado muy cuidado. Volvió la mirada a su izquierda y encontró una máquina que pitaba a la vez que reflejaba unas constantes vitales. Movió la mano izquierda, que estaba entumecida, y luego hizo lo mismo con la derecha, sin embargo, sus piernas no la obedecían. Poco a poco comenzó a recordar pedazos de lo que le había pasado y no pudo evitar llorar en silencio. Él… él la había intentado matar, no había sido como otras veces, aquella noche la había lanzado por la ventana.
   Su padre despertó y su rostro se iluminó al verla con los ojos abiertos. Verlo tan feliz la hizo sentirse algo mejor. Saber que había pedido días libres y que no se había separado de su lado en las dos semanas que llevaba en coma, le hizo quererlo todavía más. Pero lo que más la reconfortó fue saber que su agresor había saltado detrás de ella, aunque con mucha peor suerte. Sabía que no era un buen sentimiento, pero al cuerno con ello, tenía derecho a celebrarlo después de todo por lo que había pasado.
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Cuervo Fúnebre: Lector voraz de fantasía y ciencia ficción que pretende escribir más de lo que una vida mortal le va a permitir. Adoro las culturas antiguas y las ciencias en general. Twitter

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