21 de julio de 2015

Relato: El cazador

   Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Giro del tambor y un chasquido. El revólver estaba cargado con seis balas y una misión. Cada una llevaba el nombre de una de las personas que aquel monstruo había matado. Sus padres, sus hermanos, su mejor amigo y su prometida. Enfundó el arma en la pistolera que colgaba a la derecha de su cadera.
Se levantó de la silla de madera en la que se encontraba junto a la ventana y recorrió la habitación hasta detenerse frente a una cómoda de madera de cedro. Rebuscó en el tercer cajón y sacó de él dos cajas del mismo material cuyo peso no podía ser ignorado, debían de contener algo de metal como mínimo. Llevó ambas hasta la mesa junto a la que estaba su asiento y volvió a sentarse. Tomó la botella de coñac que reposaba sobre la mesa y se sirvió un tiro en un vaso ancho, el líquido ambarino desprendía un atrayente olor a alcohol y pasado. Abrió una de las cajas que había rescatado y se encontró con un arma semiautomática desmontada. El metal era negro y sin ningún tipo de ornamentación, no era más que la clase de pistola que podrías comprar en cualquier armería.
   Mientras la montaba, no podía evitar que su mente viajase a su último encuentro con aquel monstruo. Se bebió de un trago el coñac y se sirvió otro tiro. Cuando terminó de montar el arma, comenzó con la que se encontraba en la otra caja. Era exactamente igual, mismo calibre, mismo propósito. Vació de nuevo el vaso.  «No debería beber tanto, hoy no», pensó. Tomó la primera que había montado y la examinó detenidamente comprobando que la había ensamblado correctamente. Después hizo lo mismo con la otra y cuando hubo terminado, las enfundó en su espalda a la altura de las vértebras lumbares. Se levantó y se acercó de nuevo a la cómoda y sacó del segundo cajón otra caja de madera, pero de mayor tamaño, que contenía unas decenas de cargadores del mismo calibre que las armas que acababa de enfundarse. Cogió seis de ellos y los llevó hasta un perchero de pie del que colgaba una chaqueta de cuero negro. Depositó los cargadores en los bolsillos del interior, que parecían cosidos independientemente del resto de la pieza.
   Aunque se había dicho a sí mismo que era suficiente, se sirvió otro tiro de coñac y lo bebió de un trago. Retiró la cortina de lino rojo que cubría la ventana y observó el exterior para ver cuánto tiempo le quedaba hasta el anochecer. El cielo aún no había comenzado a tornarse naranja, pero el sol había bajado lo suficiente en el horizonte como para saber que apenas le quedaba un par de horas para el ocaso. Era el momento de ponerse en marcha. Recogió la chaqueta del pechero de pie y se la puso, era larga y terminaba a la altura de sus rodillas. De un armario que había junto a la cómoda cogió un viejo sombrero de ala ancha del mismo color que la chaqueta y lo dejó en la mesa junto a la botella de coñac. Abrió el primer cajón de la cómoda y rebuscó hasta encontrar unos mitones negros que dejó junto al sombrero y la botella. Recorrió la habitación hasta entrar en un cuarto pequeño que se encontraba en la pared de enfrente de la mesa. Accionó el interruptor y el fluorescente parpadeó soñoliento varias veces antes de encenderse llenando con su luz blanca la estancia. Clavó sus ojos marrones en el espejo que se encontraba sobre el lavabo y suspiró al ver el aspecto que tenía: sus ojos estaban algo enrojecidos y bajo ellos había proliferado unas nada saludables ojeras; parte de su rostro estaba cubierto por una áspera barba de una semana que al tacto resultaba hiriente como el papel de lija; y en su mejilla izquierda había una casi imperceptible cicatriz sobre la que no crecía la barba. «Parezco un alma en pena ‒se llevó los dedos a los lados del tabique nasal y suspiró‒. Si no acabo pronto con esto acabaré consumiéndome», pensó. Abrió el grifo, formó un cuenco con las manos y cuando éste se llenó de agua la usó para lavarse el rostro. El agua fría le despejó un poco. Secó su rostro con una toalla blanca que colgaba junto al lavabo y tras un hondo suspiró regresó a la sala para recoger lo que había dejado allí. Primero cogió los mitones y se los puso, tras lo cual apretó los puños casi de forma instintiva. Después se puso el sombrero de ala ancha y se encaminó hacia la puerta, pero antes de salir respiró hondo como tratando de calmar una ansiedad interna. Abrió la puerta y salió al exterior, miró al cielo y vio que partía con más tiempo del que esperaba. Sabía que si se encontraba con alguien su aspecto sería llamativo, pero en el lugar al que se dirigía no importaba. Recorrió el camino que conducía hasta el arcén y se detuvo frente a una motocicleta que reposaba despreocupada sobre una pata de cabra. Él acarició su superficie y montó en ella, que rugió furiosa cuando accionó la llave y giró el acelerador. Sabía que había acelerado por encima de lo permitido, pero si le multaban, pagaría la multa de buen grado.

   Condujo durante todo el ocaso y parte de la noche hasta llegar a una zona de montaña donde el aire estaba cargado del olor a pino y a pureza. No había la contaminación a la que estaba acostumbrado. Daba la impresión de que la mano del hombre jamás había llegado hasta aquella altura. Mirase a donde mirase sólo veía montañas con la cumbre nevada y bosques de pinos, incontables que como un ejército se mantenían firmes ante las inclemencias del tiempo. Hacía viento, un viento frío y refrescante que junto a las nubes oscuras que se estaban formando sobre él, amenazaban con convertirse en nevada. Bajó de la moto, apagó el motor y la empujó hasta dejarla bajo un árbol, era un intento inútil de evitar que la nieve la cubriese si se decidía a romper a nevar.
   Caminó por el bosque hasta llegar a una construcción que debía haber sido edificada siglos atrás. El castillo, construido en piedra gris de las montañas circundantes, tenía un foso seco a medio cubrir de tierra, cuatro torres conectadas mediante pasarelas con almenas, y un puente levadizo bien conservado. El puente estaba subido, pero la madera estaba húmeda y carcomida por lo que no le llevó mucho tiempo hacer un agujero a través de ella para pasar. El interior estaba oscuro. «Mierda, la linterna –apretó los puños al darse cuenta de lo que había olvidado-. Es un castillo antiguo tiene que tener antorchas en alguna parte». Recorrió la entrada y se internó en lo que, a juzgar por el eco que creaban sus pasos, debía ser una sala amplia, quizá un salón que antiguamente estuviera separado de la estancia anterior por una puerta que había desaparecido siglos atrás. No tener ninguna fuente de luz le martirizaba pues tenía que guiarse sólo por sus oídos y lo poco que conseguía ver, que apenas le permitía evitar tropezarse. Al final terminó por resignarse y continuó recorriendo la sala con una mano en la pared, en el peor de los casos se tropezaría con algún mueble, si es que quedaba alguno. Sabía a dónde se tenía que dirigir, y si aquel monstruo no le asaltaba antes, tendría algo de luz cuando lo encarase. Quedaba poco para que la enorme luna llena alcanzase su cenit, ese sería su momento de actuar, pero antes debía de llegar al patio de armas, donde se encontraba su nido.
   Se detuvo al oír unos pasos veloces a su derecha. Sacó un silenciador y se lo puso a una de las pistolas semiautomáticas que llevaba a la espalda. Un siseó detrás de él. Pegó su espalda contra la pared y aguardó en silencio. Ningún ruido. Sabía que había algo allí acechándole, lo sentía. Trató de agudizar el oído, y oyó unos chirridos suaves que parecían lejanos. Echó mano a uno de los bolsillos interiores que contenía una especie de barritas metálicas. Tenía sólo tres y su intención al traerlas había sido la de usarlas contra su presa, pero no había contado con la posibilidad de llegar demasiado tarde y que hubiera criado. Volvió a permanecer en silencio a la espera de poder ubicar a su perseguidor. El sonido de algo correteando en una pared vecina. Sacó unas gafas oscuras con las que cubrir sus ojos, y lanzó con fuerza la barrita haciendo que golpease con aquella pared. Tras unos segundos, un fogonazo de luz inundó la habitación, seguido de un horrendo chirrido de dolor procedente de una masa oscura similar al caparazón de un escarabajo. Él sabía qué era aquello, la primera de su descendencia. La luz que la había desorientado no tardaría en extinguirse, así que apuntó a una de las pocas zonas blandas de la criatura y apretó el gatillo. El silenciador cumplió su cometido y se encargó de amortiguar el estruendo del disparo.
   Antes de que la luz se esfumase, buscó la salida al patio de armas. Cuando la luminosidad se convirtió en penumbra para dar paso a la asfixiante oscuridad, la encontró. Empujó las pesadas puertas de madera carcomida que flanqueaban su paso y éstas cedieron con un quejido, como si se sintieran obligadas a abrirse aunque no quisieran. El patio era enorme, mucho más de lo que esperaba. Estaba iluminado por la enorme luna llena que parecía mirarle con soberbia rodeada de toda la corte estelar. El suelo estaba formado por una serie de mosaicos que se repetían constantemente: un dragón, un león, un cuervo y una tortuga; bajo la penumbra de la noche no se distinguían los colores de las baldosas que los conformaban. Los límites interiores del patio conectaban con una serie de naves laterales techadas bajo una cubierta abovedada. Desde que puso el primer pie allí dentro se sintió como un soldado novato en su primer día de formación. Avanzó lentamente, pistolas en mano, hasta lo que parecía el nido de la criatura, de su némesis. A medida que se acercaba podía ver cómo cobraban forma frente a él una serie de huevos enormes cuya superficie brillante destellaba bajo la luz lunar. Ante ellos se encontraba una figura femenina de cabellos del color de la plata pulida que eran mecidos por la brisa nocturna confiriéndole una belleza indescriptible. No se dejó engañar, sabía lo que era. Apunto ambas armas hacia su nuca.
   —Al fin has venido. —Su voz era un canto de sirena que le impedía apretar el gatillo.
   —He llegado tarde —respondió recordando a la criatura que le había atacado en el interior del castillo.
   La criatura se dio la vuelta sobre sí y lo contempló con sus ojos negros como ónices. A simple vista parecía una mujer, pero si prestabas más atención, podías comprobar que sus manos eran garras, sus eran dientes afilados como los de un animal carnívoro y sus largas piernas estaban diseñadas para correr tras sus presas.
   —Oh no, llegas en el mejor momento. —Sus ojos completamente negros brillaban con una maldad escalofriante—. Tendrás el honor de ser mi cena.
   —Hoy no seré la presa, sino el cazador. —Apretó el gatillo de ambas pistolas y descargó un aluvión de balas sobre la criatura.
   Cada vez que apretaba un gatillo recordaba con dolor por todo lo que había pasado. Recordaba cómo le tomaron por loco al relatar lo sucedido a la policía. Sus miradas de incredulidad le decían que quizá se había vuelto loco y que su mente le engañaba. Durante meses pensó que así era, hasta la criatura que pensó haber imaginado se cobró más víctimas entre sus seres cercanos. Siempre se preguntaba que por qué sólo cazaba a sus familiares y amigos, por qué precisamente los suyos.
   Cuando los cargadores se vaciaron, la criatura no había recibido ni una sola bala, pero los huevos estaban destrozados. Ella los había sacrificado, no los necesitaba, aún.
   —Has venido preparado, ¡qué divertido! —Su risa calaba en los huesos y hacía que todo el cuerpo se estremeciese. Ella caminó hacia él—. Me gustan los corderitos como tú, tan tiernos y sabrosos —se relamió—. Sólo espero que no te asustes con facilidad porque la carne se vuelve correosa.
   —Lo siento, pero hoy te vas a quedar sin cenar. —Recargó una de las pistolas y enfundó la otra, con la mano libre sacó de los bolsillos interiores de la chaqueta otra barrita y la lanzó a los pies de la criatura.
   La luz inundó el patio de armas, pero él sabía que debía de responder rápido o no habría servido de nada. La criatura no dependía tanto de la vista como lo hacía la cría que había matado dentro del castillo. Apuntó y disparó una bala al vientre de ella que gritó de dolor y huyó al interior por una de las numerosas puertas que decoraban la muralla cortina. Según el único mapa que había encontrado debía de conducir a la capilla. Y allí estaba, jadeante, apoyada al altar del presbiterio. La capilla era muy estrecha, se había atrapado ella sola.
   —Tu huida acaba aquí —sentenció él apuntando a su cabeza.
   —Es gracioso, los humanos siempre os tomáis todo como algo personal. —Se enderezó y le miró con desprecio—. Os creéis superiores, como si fuerais los únicos que pueden cazar a otros animales. —Rio mostrando su afilada dentadura.
   —No es superioridad, es venganza —su mano izquierda se mantenía firme en el arma mientras desenfundaba el revólver con la derecha y disparaba las cinco primeras balas del tambor contra el pecho de ella. Tras el quinto disparo ya estaba sentenciada pues había perforado sus órganos internos, pero aún le quedaba una bala en la recámara. Cuando miraba a aquella criatura no podía evitar pensar en su aspecto humano. ¿Sentiría como él?
   —¿Tus últimas palabras? —preguntó sin saber realmente por qué lo hacía.
   Ella negó con la cabeza y sonrió. La última bala se disparó y acabó definitivamente con su vida.
   «Al fin lo he hecho, he completado mi venganza —sonrió con amargura—, pero ¿por qué no me siento bien? Debería de sentirme liberado, debería de sentir que puedo avanzar», se dijo a sí mismo. Podría estar eones tratando de engañarse, pero sabía que no por ello sería cierto. Aquella cacería había sido fácil porque ella se había dejado detener, pero ¿por qué? Entonces cayó en la cuenta «las crías, debe de haber más huevos». En ese momento supo qué debía de hacer, quizá su vida estuviese vacía tras perder todo lo que una vez tuvo, pero en su mano estaba evitar que nadie pasara por lo mismo que él. «Dejaré de ser la presa para convertirme en el cazador». Abandonó la capilla con las dos pistolas semiautomáticas recién cargadas preparadas para acabar con todos los monstruos que atormentaran al mundo. No iba a esperar a encontrarlos, los iba a cazar.
___________________________________________________________________________
Cuervo Fúnebre: Lector voraz de fantasía y ciencia ficción que pretende escribir más de lo que una vida mortal le va a permitir. Adoro las culturas antiguas y las ciencias en general. Twitter

No hay comentarios:

Publicar un comentario