20 de marzo de 2015

Relato: La oquedad insalvable

El frío del exterior y el calor del interior habían conspirado durante la noche para empañar los cristales de su ventana. A medida que el sol salía por el horizonte aquel vaho iba pasando de ser una capa uniforme a un cúmulo de gotas de agua que luchaban por permanecer juntas.
Cuando él, aún algo adormilado, miró por aquel ventanal no pudo evitar sonreír con tristeza al pensar que quizá también él estuviese "empañado" porque no conseguía ver el mismo mundo que la gente de su alrededor veía. Sus familiares y sus amigos le decían constantemente lo buena persona que era o lo mucho que valía, pero cuando se miraba al espejo él sólo veía a un fracasado con el pelo enmarañado y ojeras en torno a los ojos. Veía a una persona que una vez lo tuvo todo, pero que lo había perdido.

Regresó a la cama, quería volver a dormir, a soñar, a dejar de pensar, pues sólo así sentía que su mundo tenía sentido, que todo encajaba; pero al despertar todo volvía a romperse en miles de pedazos como si su vida no fuera más que un frágil cristal. Harto de intentarlo suspiró con hastío, se pasó la mano por el pelo desordenado, y decidió levantarse definitivamente.
Quizá lo más doloroso, lo más inhumano, era que sus ojos aún recordaban su figura, el ondular nebuloso de su cabello y aquellos ojos cambiantes, unas veces verdes y otras marrones; su nariz recordaba el olor de su pelo y el aroma que dejaba a su paso, como si fuese la estela de un cometa; sus manos todavía atesoraban el tacto de su piel, suave como los pétalos nuevos de una rosa y pálida como si el sol temiera no ser digno de posar sus rayos en ella; sus labios recordaban la blandura de los suyos y su boca el sabor de ella. Muy a su pesar su cuerpo no había conseguido olvidarla ni un ápice y se empecinaba en evocar todo aquello cada vez que podía. Desde que abría los ojos sentía que aquella cama le quedaba grande, acostumbrado a dormir al calor de otra persona las noches le parecían más frías y al despertar se encontraba de golpe con su realidad: estaba solo. Hasta que la relación terminó no se dio cuenta de cuánto dependía de ella, de cuánto la necesitaba, de que no era nada sin ella; se había convertido en un autómata.

Como cada mañana, consiguió arrastrarse hasta el baño y abrir el grifo de la ducha para dejar que el agua fría le cubriese. «Al menos así siento algo», solía decirse a sí mismo cada mañana. El agua fría recorría su piel y hacía que le castañetearan los dientes, pero no le importaba ya que aquella sensación no le permitía pensar en nada más. Cuando salió de la ducha, se vistió con lo primero que encontró en el armario. No era una elección del todo fruto del azar pues aquella ropa ancha y oscura le proporcionaba seguridad, no sabía por qué, pero lo hacía. Resultaba un refugio para su lastimada autoestima, y siendo una vestimenta tan holgada dejaba espacio para su soledad.


Siempre habría una oquedad insalvable en su interior, un agujero que jamás podría ser llenado y que con el tiempo le iría consumiendo mientras que detrás de una máscara esconde su dolor al resto del mundo. Esconde su miedo, esconde su tristeza, esconde su muerte. Nadie nunca sabrá que la persona que conocieron había muerto tiempo atrás y que lo que veían no era más que una patraña, una mentira... una cáscara vacía.
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Cuervo Fúnebre: Lector voraz de fantasía y ciencia ficción que pretende escribir más de lo que una vida mortal le va a permitir. Adoro las culturas antiguas y las ciencias en general. Twitter

2 comentarios:

  1. Qué triste y precioso al mismo tiempo. Me ha encantado, la verdad. <3
    Un saludo. :)

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    1. Me alegro de que te haya gustado, me ha costado más de lo que esperaba escribirlo.

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